lunes, 10 de junio de 2013

Una muestra de cómo escribo: EL CAMBIO

Soy consciente que es difícil apostar por un autor desconocido, también que no hay mejor carta de presentación que un escrito propio. Es por ello que os dejo aquí mi cuento "El cambio". Este en concreto quedó finalista en el XII Concurso de Narraciones Breves del diario Ideal en el año 2008.


EL CAMBIO

Primero abrió un ojo, luego el otro. Iba a costarle acostumbrarse a la luz. La sentía demasiado fuerte, tan cegadora como si sus ojos hubieran estado siglos cerrados. Enseguida tuvo la intuición de que algo había cambiado; pero, ¿qué podría ser?
¿Y dónde estaba? Aquella cama blanca e impoluta, en aquella habitación igualmente nívea, con aquel penetrante olor a desinfectante... Todo le era ajeno.
Con una lentitud pasmosa, consiguió levantarse. Sus músculos se negaban a responder. Los sentía pesados, agarrotados, como si llevara una eternidad sin moverse. Arrastrando los pies llegaría hasta la blanca cómoda, con su espejo de marco blanco colgado de la blanca pared. Lo que le devolvió su reflejo no podía ser real. Igualmente imposible era contener el consiguiente grito de asombro.
La persona que se hallaba en la habitación AB327 no podía saberlo entonces, pero todo había comenzado siete meses atrás, el nueve de noviembre del año dos mil trescientos cuarenta. Por aquellos días, el doctor Jonás Carpenter, reputado cirujano en el campo de la resucitación asistida, sentía que su carrera necesitaba un cambio. Ya no era el mismo joven entusiasta que comenzara a trabajar en el Hospital Ciudad de Los Ángeles cinco años atrás. Con el tiempo, se había dado cuenta de que su empleo era tan rutinario como cualquier otro: seguir la lista de pacientes congelados por estricto orden, ejecutar las labores propias de la resurrección clínica, curar los males que provocaron la muerte, pasar al siguiente paciente de la lista... Efectivamente, su vida carecía de emociones hasta que aquel viejo colega de la universidad le brindara la oportunidad, aquella fría mañana de noviembre, de probar un nuevo y revolucionario invento: el lector de mentes criónicas.
Aquello de escudriñar en las mentes congeladas no dejaba de ser morboso, por muy útil que pudiera resultar a la hora de satisfacer los deseos de los resucitados, o facilitar su integración en la sociedad. Mas el aburrimiento de Carpenter era tal, que no le costaría pasar de cuestiones éticas y probar inmediatamente el artilugio con uno de los cuerpos donados a la ciencia.
Después de un minucioso estudio, Carpenter se decantaría por la paciente KL26PW, de nombre Karen Smith. Según su ficha, Karen Smith, abogada criminalista de profesión, soltera, había muerto en un aparatoso accidente de tráfico en el año dos mil cinco. Según Carpenter, los congelados demasiado jóvenes sólo tenían tonterías en la cabeza, y a partir de los cuarenta se perdía memoria. La edad a la hora de la muerte, treinta años, convertía a Smith en la mejor candidatas.
Sin embargo, y a pesar de lo que el colega del doctor afirmara para endosarle el aparato, aquello no iba a resultar tan fácil. Tras media docena de fallidos intentos, por fin al séptimo le pareció percibir a Carpenter, por los auriculares de aquel trasto de tebeo, lo siguiente: “necesito un cambio definitivo”. Ninguna otra oración habría hecho más feliz a nuestro médico. Fanático como era de todo lo concerniente a la época comprendida entre el final del siglo XX y los comienzos del XXI, aquel era el proyecto que llevaba toda su vida esperando.
Después de la resurrección y la curación de las graves heridas internas, Carpenter ordenaría que la paciente permaneciera en coma inducido hasta el final del proceso. Dado que Smith no era precisamente una sílfide, el doctor optó por realizar primero una liposucción y una remodelación total de su figura. Seguidamente, y ya que el pecho de la resucitada era escaso, Carpenter le implantaría un par de nuevas mamas (la talla cien sería suficiente). Tras un lifting facial, la eliminación de la papada, la inyección de colágeno en los lugares estratégicos del rostro y de silicona en los labios, sólo quedaban pormenores de los que se encargarían personal de confianza: depilación, aplicación de rayos UVA sobre la piel y de tinte rubio platino en el cabello.
Cuando la enfermera de guardia llamó a Carpenter para decirle que Smith por fin estaba despierta, el doctor dejó inmediatamente todo lo que estaba haciendo en su día libre para poner rumbo al hospital. El trayecto en coche se le haría eterno, tan impaciente como estaba por conocer las primeras impresiones de la hermosa Karen en el mundo moderno. Habían transcurrido largos meses de espera desde la primera intervención hasta que las cicatrices sanaran y el doctor diera la orden de desenchufar las máquinas que mantenían en coma a la paciente. Cada vez que Carpenter observaba a su bella durmiente, un escalofrío recorría todo su cuerpo. Era perfecta, una diosa convertida en realidad. Ansiaba mirarla a los ojos, verla caminar, escuchar su voz, oler su fragancia, tocar sus manos... Pero no convenía forzar las cosas, debía dejar que se despertara por sí misma.
Se había imaginado aquel encuentro de mil maneras, pero nunca como en realidad sucedería. Karen Smith se encontraba encogida en un rincón de la habitación cuando Carpenter entró. Con la mirada perdida en el infinito y el pelo revuelto, parecía más una paciente de psiquiatría que del pabellón de resurrecciones.
-          No lo entiendo - dijo un confuso Carpenter. - En su cerebro leí que quería un cambio. Ahora es una mujer muy bella.
La paciente levantó su rubia cabeza y, saliendo de su ensimismamiento, con mirada iracunda y puños cerrados de forma amenazante, respondió:
-          Yo era muy feliz siendo tal y como era. Me encantaba mi cuerpo y estaba en contra de la cirugía estética con fines frívolos. ¡Usted me ha convertido en una muñeca de plástico!
-          Entonces...lo del cambio...- balbuceó.
-          ¡De coche, un cambio de coche! Si lo hubiera hecho a tiempo, no me habría estrellado y no estaría ahora aquí, siendo tan desgraciada. ¡Pienso demandarle!
Entre perplejo y consternado, el doctor Carpenter abandonó la habitación. Aquel día se prometería a sí mismo no volver a salirse jamás del protocolo establecido. Nunca más desearía un cambio.
Cristina Monteoliva

© Claudio Sánchez Viveros


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1 comentario:

  1. Está muy chulo el relato, y me parece muy buena idea dar una muestra de cómo escribes!
    Muchos ánimos que ya queda menos!
    Manolo Barranco

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